El pasado 4 de julio terminaron las primeras Colonias de Verano organizadas por la Fundació Roger Torné. Una actividad que hemos bautizado con el nombre de Airea, y que forma parte de nuestro Programa La Casa de l’Aire.
El equipo de INSPIRA no quiso perder la oportunidad de pasar un día con los niños y los monitores en la casa de colonias de El Xaliò, en Sant Miquel de Campmajor, a unos 20 minutos de Banyoles.

Siguiendo la pista
Nuestra llegada coincidió con el comienzo del juego de pistas, en el que los niños, divididos por grupos, tenían que hacer un recorrido por el campo siguiendo una serie de rastros, para resolver al final un enigma. Nos unimos a ellos y, por el camino, fuimos conversando con la responsable, Catherine Esteve, quién lleva años impartiendo fisioclases y yoga a niños en la consulta médica de la Dra. Esteve de Barcelona.
Mientras los niños iban de una pista a otra bajo la mirada atenta de los monitores, en medio del bosque cercano a la casa, nos interesamos especialmente por el yoga para niños. Al preguntarle a Catherine si no era una actividad demasiado tranquila para los pequeños, ella nos respondió que “cuando se trata de niños, las clases de yoga se tienen que adaptar a ellos, es el profesor el que tiene que trabajar para hacerlas como un juego y que los niños no se aburran”. Según la profesora, “cada clase tiene que ser diferente, porque si el niño se aburre y no logras motivarlo, no aprenderá. Si se aburren, es que el profesor no ha acertado, el trabajo debe ser del profesor”.

A la búsqueda de los rastros
De pronto, un niño descubre una flecha en el suelo dibujada con palos y piedras. Se organiza una pequeña revolución: ¡Han encontrado una pista! Catherine abandona por un momento la conversación para alentar a los niños a seguir la flecha y continuar con el juego. Tras ese breve instante, vuelve con nosotros y nos explica que en una clase de yoga para niños no puedes esperar que ellos adopten las posturas concentrados durante mucho rato. “Les enseñas a hacer el pato, el gato, o les dices ‘vamos a ponernos guapos’ poniendo la espalda recta o ‘mira qué triste estoy’ cargando la espalda. Es así como ellos van aprendiendo”.
Nos preguntamos si el yoga es apto para niños muy movidos. “Claro que sí”, responde Cathy, “es más difícil al principio, las primeras clases, porque el niño puede mantenerse indiferente y no formar parte del juego; pero al final su propia curiosidad lo lleva a integrarse en la clase y participar. En este sentido el yoga es una actividad ideal, porque no promueve la competitividad, sino que cada uno va aprendiendo a su ritmo, dentro de sus posibilidades, no hay comparaciones.”

Descifrando el enigma
Catherine nos explica que al principio, cuando los niños empiezan a hacer yoga, como niños que son, pueden existir las comparaciones, la crítica hacia el otro. Es trabajo del profesor que entiendan que en esta actividad no tiene sentido esa actitud, porque se evita el protagonismo. “Después de un tiempo esto repercute en que cada uno se conoce mejor a sí mismo y sus límites corporales y personales, lo que favorece también el conocimiento y la aceptación del otro“, añade la profesora.
Enlazando con ese tema, comentamos que quizás el yoga sea una actividad apropiada para niños muy tímidos. “Sí, por ejemplo, tengo el caso de una niña con problemas de relación, que nunca había hablado con niños en el parque y después de unas clases su madre nos comentó que había empezado a hablar con los niños del grupo de yoga”, nos explica.
Siguiendo el juego, llegamos a un espacio abierto inmenso, donde los niños se sientan en corro para analizar las pistas que han encontrado y tratar de resolver el enigma, algunos muy concentrados, otros más dispersos. Le preguntamos a Cathy a qué tipo de niños les va mejor el yoga. “En general, si el niño viene de una familia que conoce la actividad, es que ya hay un proceso de asimilación por parte de los padres y, en ese caso, los niños lo tienen más interiorizado”. Se queda unos instantes pensado y añade: “pero también he tenido niños que han venido por primera vez y no habían oído hablar del yoga hasta ese momento y lo han captado inmediatamente porque tienen esa sensibilidad”.

Construyendo cabañas
El juego de pistas acaba, los niños y los monitores vuelven a la casa para sentarse en unas mesas situadas junto a una fuente. Allí cada grupo tiene que dar la respuesta al enigma y comprobar si lo han resuelto. Por el camino, mientras ellos van haciendo cábalas sobre las respuestas, vemos unas estructuras hechas con cañas. Forman parte del juego en el que están construyendo unas cabañas.
Seguimos conversando con Catherine y le preguntamos desde qué edad recomienda el yoga a los niños. “El yoga es bueno a todas las edades, pero los niños menores de 8 años lo que hacen es jugar. El beneficio lo irán notando día a día en su capacidad de concentración, en su postura corporal, en su coordinación.”
La profesora nos explica que a partir de los 8 años ya se pueden trabajar de forma más consciente las posturas y la respiración. En el caso de adolescentes, además, como suelen ser ellos quienes toman la decisión de participar, los beneficios se aprecian claramente. “Los adolescentes están continuamente empapándose de cosas, tienen más dificultad para hacer el vacío o interiorizar, el yoga les ayuda a concentrarse, por ejemplo, antes de un examen, cuando en clase los sacan a la pizarra, etc., gracias a la respiración. Los profesores les podemos explicar por qué el yoga les ayuda y ellos lo entienden. En cambio, con niños pequeños lo de la respiración es más básico, se hace jugando a soplar por cañas y entretenimientos así.”

Comienza la clase de yoga
También es recomendable para niños con cierto tipo de problemas. Por ejemplo, Cathy nos explica el caso de una niña de 4 años con problemas de coordinación y respiratorios. “Su madre me comentó que sus problemas respiratorios habían mejorado mucho. Le pregunté si había notado algún cambio en el comportamiento y, después de pensarlo un momento, me dijo que sí, que ya no le hacía tantas rabietas. El yoga ayuda a los niños de una forma inconsciente a mantenerse tranquilos.”
Llega la hora de comer y nos invitan a quedarnos. En Airea hay niños con diferentes alergias alimenticias, pero las comidas ya han sido pensadas para todos. Sin embargo, tanto los monitores como la enfermera permanecen atentos a los platos que corresponden a cada uno. Todos parecen disfrutar mucho de ese momento, nadie se queja.
Después de comer, todos se tumban a la sombra de los árboles a jugar. Nosotros también nos relajamos en plena naturaleza y disfrutamos del momento de tranquilidad.
Al final de la tarde empieza la clase de yoga al aire libre. Vemos que es muy diferente a la idea de clase de yoga que tenemos. Cathy los anima a ir de excursión por el bosque con la imaginación. “En el bosque hay muchos árboles, ¿cómo es un árbol?” Los invita a poner la postura de árbol. “Y también hay gatos”, y todos hacen el gato. Los niños se divierten, ríen, se mueven, comentan, mientras van atendiendo al cuento y poniendo las posturas. Es como un teatro donde todos participan.
Llega la hora de irnos. Nos despedimos de todos y volvemos a la ciudad cargados de fotos, con los pulmones llenos de aire puro y la mente llena de imágenes divertidas de los juegos que hemos compartido con los niños de Airea.
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