Oriol Lladó
Periodista
La Conferencia de las Partes sobre el Cambio Climático, la COP15, ha convertido Copenhague en capital del mundo. No es exagerado, el calificativo. En la capital danesa se decide el futuro del planeta, o al menos, siendo más realistas, se empieza a perfilar la forma en que garantizaremos el futuro del planeta. Porque la primera lección es que en Copenhague no saldrá ningún ’solución’ sino que con suerte “sólo” habremos encontrado una pieza importante (pero una pieza más, en definitiva) en el puzzle que conformará lo que definimos como… la solución. Las expectativas, al día siguiente de la cumbre serán, necesariamente, aguadas.
La discusión es compleja porque afecta al presente y porque afecta a un futuro que, necesariamente, tenemos que articular de forma tentativa a través de proyecciones. A los dos planos, -presente y futuro-, se incorpora otro: el pasado. ¿Cuál ha sido la contribución histórica de los países al calentamiento del planeta? Inglaterra o Alemania han tenido una mayor responsabilidad en la precaria situación actual, que Costa de Marfil o Guatemala. ¿Cómo debemos contabilizar esta mochila? Pasado, presente y futuro son los ingredientes intangibles y difícilmente objetivables con los que debemos trabajar, necesaria e inexcusablemente, para articular políticas tangibles y claramente objetivas. Ya se ve que esto no es fácil. La ciencia nos ofrece números (los datos), pero todo es demasiado complejo. No hay otra fórmula que la política para resolver este rompecabezas. ”Es la política, estúpido”, deformando un poco la famosa frase de los asesores de Clinton a principios de los noventa. La política, sí. He aquí un par de factores importantes a tener en cuenta.
Primero, que estamos hablando de un problema global (hay unas responsabilidades y unos efectos también globales) y como tal… este problema requiere también una solución global. Pero el mundo no tiene un gobierno global. Es verdad que hay instituciones internacionales -que antes no existían o eran meramente simbólicas – pero todavía no tienen la autoridad política suficiente como para articular una respuesta consensuada y eficiente entre todos los países. Y no es sólo que la reforma de las Naciones Unidas siga siendo una quimera (y que la garantía democrática sea, en algunos casos, demasiado precaria)… es que hay más fuentes de poder que la de los estados. ¡Hay empresas más poderosas que muchos consejos de ministros! Y hay comunidades enteras que no se reflejan en el mapa, siempre demasiado inflexible, de los estados nación: el pueblo inuit, sin ir más lejos. Se deben tener en cuenta, parece evidente. Pero ¿cómo?
Segundo, que nuestros políticos tienen una caducidad corta: la vida de los gobiernos del mundo se fija de cuatro años en cuatro años. Sin embargo, queremos un pacto perdurable a 50 años vista. Casi nadie pone problemas cuando se trata de comprometer el propio país a una rebaja de cara el 2030 o el 2080. Los problemas y las excusas surgen en los horizontes más cercanos. Aquí es donde la piedra se coloca con facilidad en los zapatos de los negociadores porque afecta sus gobiernos… no dentro de cuatro décadas sino mañana mismo, a cuatro años vista.
El mundo afronta un reto de proporciones históricas con la lucha contra el cambio climático: no peligra el planeta, sino que peligra el planeta como lo conocemos hoy. Es decir, que peligra nuestro futuro en el planeta. Una razón de peso. Como nunca. No hay ningún otro precedente en la historia que nos pueda ayudar: de hecho, las proporciones también son ‘históricas’ y nuevas cuando analizamos el ‘problema’ en sí mismo. De alguna manera, es como si estuviéramos aprendiendo sobre la marcha a dar la respuesta adecuada a un reto que – literalmente – nos es incomprensible.
Hay quien dice que el protocolo de Kioto no sirvió para nada… Ciertamente, los recortes que preveía, de un ocho por ciento, hacen reír, a estas alturas. Sin embargo, este ‘modesto’ primer paso creó una primera sintaxis con la que, parece, nos podremos entender para aumentar los compromisos de reducción. Copenhague se propone tirar de este mismo hilo. Vamos avanzando. Diríamos que bien, sino fuera porque…
Y mientras tanto, el reloj hace pasar las horas con cruel indiferencia por las ‘cuestiones humanas’ y el tic-tac hace ya, a estas alturas, un ruido atronador. ¿Estaremos a tiempo? ¿Servirá de nada la cumbre de Copenhague?
Pero quizás mejor que esta pregunta hay otra. ¿La partida se juega sólo en estos grandes encuentros internacionales? Está claro que no. Y si es así, ¿por qué no exigimos información de estos otros acontecimientos? Si lo hiciéramos descubriríamos que las cumbres contra el cambio climático más importantes tienen lugar cada cuatro años, en nuestra ciudad, en nuestro país, y también cuando vamos a comprar o programamos las vacaciones.
Copenhague es importante, claro, pero lo es principalmente en la medida en que nos refleja a nosotros: nuestro voto y nuestras opciones de consumo. Si nosotros no nos creemos que esto va en serio… ¿qué sentido tiene pedir a los asistentes a la cumbre de la ciudad danesa que lo crean por nosotros?
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