20 días en prisión. El gobierno danés ha castigado de esta manera los activistas de Greenpeace que, a pocas horas de finalizar la Cumbre del Cambio Climático de Copenhague, entraron en la cena de gala que la reina Margarita de Dinamarca ofrecía a los jefes de estado presentes en la capital del país, saltándose todo el protocolo de seguridad. La acción de la organización conservacionista ponía de manifiesto dos cosas: subrayaba el desgobierno de una reunión internacional de altísimo nivel convertida en un rotundo e inesperado caos, y subrayaba de forma elocuente la fuerza que las voces críticas han conseguido a la cumbre de Copenhague. El posicionamiento político de las oenegés ha ganado la ‘guerra’ mediática y ha dejado una fila de políticos con cara de mal humor, sin ni siquiera ánimos de repetir la versión oficial. Pocos han tenido la osadía de defender que Copenhague había sido un ‘éxito’.
Greenpeace tiene una solvente experiencia en lanzar iniciativas que se sitúan en la difusa frontera de lo legal. La organización sabe cómo poner el dedo en la llaga, mientras sonríe ante los flashes de los periodistas. Pero la sonrisa se le ha congelado, en esta ocasión. Pocos esperaban la desproporción de la reacción danesa. 20 días de prisión, incomunicación… la Navidad entre barrotes. Juan López de Uralde, director de Greenpeace España, respiraba aliviado, pero visiblemente afectado, hace unos pocos días en ser liberado. El ecologista insistía en una idea: hemos tocado su punto débil.
No es que el gobierno no haya actuado contra Greenpeace en otras ocasiones –la organización ha sufrido repetidas veces los ataques de los servicios secretos de algunos estados, como el francés -. Lo que ha sido nuevo es que la reacción gubernamental ha tenido lugar de forma pública y torpe, ante todas las cámaras. Dinamarca se ha presentado al mundo como un país asustado, como un niño pequeño llorando porque las cosas que no le han salido como preveía y quería. El gobierno danés regalaba así un nuevo triunfo mediático a Greenpeace.
La cara de López de Uralde era todo un poema, pero, sin embargo, la historia del encarcelamiento de los 4 de Greenpeace es una historia de éxito. Éxito porque ha acabado bien, pero principalmente porque, en el ámbito de la discusión pública Greenpeace ha logrado evidenciar la contradicción entre las buenas palabras y las políticas concretas de muchos gobiernos.
Desgraciadamente, en el mismo momento en que Greenpeace convertía el encarcelamiento de sus activistas en un tema de primera página, pasaba desapercibida otra noticia. La muerte, el 26 de diciembre, de Dora Santos, madre de dos niños, con 32 años, salvadoreña de Trinidad de Senseuntepeque, Cabañas. Lo explica Montse Santolino, en su blog. El Salvador ya han asesinado a cuatro personas por mostrar la oposición a una mina de oro de la transnacional canadiense Pacific Rim: “fuentes de agua agotadas, árboles talados, el suelo convertido en estéril, agresiones a los activistas.” Y la indiferencia de todos nosotros.
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