Hará cosa de un año nos presentaron los resultados de un estudio que medía la presencia de drogas en el aire de Madrid y de Barcelona. Las conclusiones llegaban a los titulares de los medios de comunicación de todo el mundo: periódicos, revistas y televisiones de aquí, el Reino Unido, los Estados Unidos, Australia o India parecían alarmados al saber que había partículas de cocaína en suspensión en el aire que respiramos.
En concreto, 850 picogramos (la billonésima parte de un gramo) por metro cúbico de aire, una concentración más elevada que la de otras ciudades europeas donde se han hecho estudios parecidos. Y también se detectó la presencia del componente activo del cannabis, de éxtasis, anfetaminas, heroína y LSD, en concentraciones equivalentes a otros tipos de sustancias habituales en el aire urbano, como las dioxinas o algunos metales pesados.
La investigación la llevaron a cabo científicos del Instituto de Diagnosis Ambiental y Estudios del Agua del CSIC, que declararon haberse sorprendido con los resultados obtenidos. Y los autores del estudio aclararon inmediatamente que los niveles detectados no suponían ningún riesgo para la salud humana, porque sería necesario respirar aquel aire de manera continuada durante diversos siglos para llegar a consumir el equivalente a una dosis de alguna de estas drogas.
Los titulares de prensa desaparecieron igual que habían llegado para dar paso a nuevas informaciones. Y todo quedó como si no hubiera pasado nada. Pero, a pesar de eso, la sensación que deja la noticia es, como mínimo, de inquietud. Por un lado, porque da constancia del elevado consumo de drogas en las áreas analizadas: zonas universitarias de ambas ciudades (la avenida Complutense de Madrid, la Diagonal de Barcelona). Y, por otro, porque pone en evidencia una vez más que el aire que respiramos es mucho más que esa combinación inocua de oxígeno, nitrógeno y gases nobles que todavía describen algunas enciclopedias y libros de texto.
Aparte de estos componentes principales (el nitrógeno supone el 78% del total, el oxígeno el 21%), el aire actual también contiene dióxido de carbono (cuyo aumento es causante del calentamiento global del planeta), metales pesados provenientes de la industria o la combustión de los motores de los vehículos (regulada por normativas europeas que tratan de evitar llegar a niveles nocivos para la salud, a pesar de que con frecuencia se incumplen los límites establecidos) y otras partículas contaminantes derivadas de la construcción, la erosión del asfalto o el desgaste de los neumáticos de coches y camiones. Y microorganismos, y bacterias, y pólen…
La presencia de drogas y también de diversos fármacos (tranquilizantes, antibióticos y antiinflamatorios) ya había sido registrada en el agua. Se calcula, por ejemplo, que el río Ebro contiene unos 620 kilos de cocaína proveniente de los restos que deja en la orina de los consumidores, con concentraciones elevadas durante los fines de semana. Ahora sabemos que estas sustancias también circulan por el aire que respiramos.
Todo junto nos hace preguntarnos qué otras cosas inhalamos en el acto aparentemente inofensivo de respirar. Y no se trata de poner en duda las afirmaciones de los científicos que aseguran que no corremos peligro por la inhalación de los porcentajes de drogas que han detectado. Pero lo cierto es que el concepto de aire puro resulta, a día de hoy, prácticamente utópico.
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Estoy impresionado.