Una de las preguntas más recurrentes que se hacen los padres de un niño con cáncer es por qué ha pasado eso, si se hubiera podido evitar y si puede pasarle también a los hermanos. Si bien una gran parte de los cánceres tiene una base genética, en otros casos el detonante es de origen ambiental, y para poder determinar las causas y poder dar pautas de prevención, se debe elaborar un mapa de incidencia oncológica.
Es lo que han hecho, de forma pionera en el estado español, en la unidad de salud medioambiental pediátrica del Hospital Virgen de la Arrixaca de Murcia y en la Universidad Politécnica de Cartagena con el proyecto Macapemur. El doctor Juan Antonio Ortega, codirector del proyecto, nos ha explicado que han elaborado la historia clínica ambiental de cada menor de 15 años diagnosticado de càncer en la región de Murcia. Es decir, se han analizado las características del domicilio durante el embarazo de la madre, durante los primeros años de vida y en el momento del diagnóstico de cada niño. Y también de la escuela o de los hábitos de los padres. En definitiva, una radiografía completa de los posibles agentes cancerígenos a los que haya podido estar expuesto el paciente infantil.
Se tienen en cuenta factores como la contaminación atmosférica, la calidad del aire interior de la vivienda, la presencia de tabaco en el entorno del menor, el uso de leña como combustible (que todavía es habitual en zonas rurales), la historia radiológica durante el embarazo de la madre (con pruebas demasiado frecuentes, en opinión del doctor Ortega), o la exposición a productos químicos como pinturas o colas (bien por el trabajo de los padres, bien por actividades de ocio como la maquetación o la restauración de muebles). Y también la existencia de campos electromagnéticos, tanto de radiofrecuencia como de electricidad: las líneas de alta tensión, la catenaria de un tren o un transformador dentro o fuera del edificio en el que crece el niño.
“Vivimos en una sociedad en riesgo”, dice el doctor Ortega. “Hemos mejorado mucho la calidad de vida en todas estas cosas, pero es necesario tomar medidas de control”. El mapa, realizado a partir de un estudio exhaustivo de cada paciente, permite ver si hay muchos casos en la misma zona o si se pueden acotar las causas. Ya se habían hecho estudios parecidos con adultos, pero los resultados no son aplicables en estos casos porque “los niños y niñas no son adultos pequeños, el càncer pediátrico se distribuye de otra manera”. Y es que las fases iniciales de la vida son especialmente vulnerables a los cancerígenos, con un riesgo diez veces mayor que el esperado en adultos durante los dos primeros años de vida, y tres veces mayor entre los 3 y los 15 años.
Una de las conclusiones del proyecto es que en el mundo actual no es necesario salir a la calle para estar expuestos a agentes cancerígenos, y el caso del humo del tabaco es uno de los más evidentes. El mapa rompe también con la idea de que los espacios rurales son más “sanos”, porque también hay presencia de contaminantes peligrosos, como la utilización de leña para cocinar de forma habitual o productos químicos agrícolas.
“Todos los niños y niñas deberían tener derecho, además de al diagnóstico y al mejor tratamiento, a una historia clínica ambiental que permitiese mejorar la calidad de vida, identificar y corregir los factores que hayan podido causar la enfermedad”, afirma el doctor. Porque más allá de las estadísticas, la elaboración de este mapa trata de traducir los resultados en recomendaciones para las familias caso por caso, como eliminar el tabaco u otros productos, o aconsejar que el niño que dormía justamente sobre un transformador instalado en las plantas bajas del edificio cambie de habitación. Minimizar los riesgos es muy importante, sobre todo para evitar recaídas en la enfermedad.
En esta primera fase se ha analizado la historia clínica ambiental de 380 menores de cero a catorce años diagnosticados entre 199 y 2009. Ahora se estudiará con más detalle cada tipo de cáncer y el objetivo final es poder relacionar la incidencia de la enfermedad según el tipo tumoral y los factores de riesgo de cada caso: contaminación atmosférica, campos electromagnéticos, actividad industrial, etc.
El doctor Ortega está convencido de que en unos años el mapa de incidencia oncológica pediátrica se hará también en el resto de comunidades autónomas, porque es necesario dar respuesta a las preguntas de las familias y de la sociedad en general. “La medicina ambiental es todavía una especialidad minoritaria, pero será el reto más importante de la próxima década”, concluye Ortega.
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